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Calypso limonense: Reflejo de la cultura costarricense

Avanzada la segunda etapa del siglo XIX, y debido a flujos migratorios desde las Antillas que llegaron al sector costero de Limón, en Costa Rica, comenzó a gestarse una expresión musical que ha jugado un rol clave en la cultura del país: el calypso limonense, llamado así por haber surgido
en el puerto de Limón, en la costa caribeña del país centroamericano.

Originario de Trinidad y Tobago, el calypso goza de gran popularidad en el Caribe, y cuenta con diferentes vertientes en los distintos países del continente. Manuel Monestel (70), calypsonian -así se denomina a los músicos que difunden y estudian este género- e investigador, cuenta que éste estilo “es producto de una fusión, de una mezcla del mento, música originaria de Jamaica, con el calypso de Trinidad y Tobago”.

“El mento llega a la provincia de limón a partir de 1872 por las migraciones que vinieron de las Antillas, principalmente de las Antillas Inglesas, para construir el ferrocarril entre el puerto de Limón y la capital San José. Esta población se queda trabajando con la compañía bananera y a lo Largo de los años se da un proceso donde se va conformando lo que hoy conocemos como calypso limonense”, detalla.

Monestel detalla que este género “es producto de un proceso único e irrepetible” y que refleja las características sociales de la zona, aunque musicalmente toma elementos de otros ritmos del continente, como el son cubano, la cumbia o la guaracha. “Su instrumentación cuenta con banjo,
guitarra o cuatro venezolano, tumbadoras, campanas o el rallador de coco que se usa como huiro”, herencia directa del mento jamaiquino.

Temáticamente remite al calypso de Trinidad y Tobago, y sus temas apuntan a “asuntos políticos, sociales y culturales que son tratados por los calypsonian como formas de expresarse o hacer
crítica social y la mayoría de los casos con algún elemento de chiste y de sarcasmo que permite que ese mensaje, aunque sea sobre una situación dura y difícil, sea absorbido y digerido por la
población general”.

Entre los nombres más destacados de este género están Walter Ferguson, a la cabeza como el calypsonian más influyente, junto a Cirilo Silvan, Danny Williams o los difuntos Herberth Glinton Lenki, Papa Tun o Robert Kirlew.

Heredero de estos exponentes, Ramón Morales (34) es un músico de calypso y cuenta que el estilo ha estado presente en su vida desde pequeño, que mantuvo su interés en la adolescencia y cuando ingresó a la universidad, donde se involucró en un taller de música precisamente dirigido por Monestel.

“Tocábamos calypsos de Walter Ferguson y Herbert Glinton ‘Lenky’, y visitábamos Cahuita. Gracias a esas visitas conocí a Danny Williams, Alfonso Gouldbourne “Gianty” y Otilio Brown (…) Comencé
a acompañarlos tocando banjo y me fui encantando cada vez más con el calypso. Yo sinceramente todavía no entiendo por qué me fascina tanto, pero es algo inevitable, lo llevo en la sangre, y me
siento muy bien cuando lo interpreto”, detalla.

Antropólogo de profesión, Morales inició su carrera en la música en 2004, y desde entonces ha estado involucrado en diversos proyectos y bandas, siendo la última Leche de Coco Calypso. Pese a
la crisis sanitaria que atraviesa todo el planeta, se las ha arreglado para mantenerse activo: ha realizado dos shows virtuales y planea realizar otros en el futuro, ha compuesto nuevas canciones y grabado para otros proyectos.

“A pesar de que casi no hemos tenido conciertos, no hemos dejado de trabajar, preparando cosas y grabando, entonces siento que a nivel creativo ha sido positiva la pausa, aunque a nivel
económico no tanto”, explica.

 

Preservar una “resistencia cultural”

Monestel enfatiza en la importancia cultural del calypso para Costa Rica,“Es uno de esos ritmos semilla, como el son de Cuba o la samba de Brasil, son ritmos a partir de los cuales se generan
otros ritmos de expresión musical”.

“Es un ritmo que ha prevalecido por cerca de un siglo, es una forma maravillosa de expresión de los pueblos, formas de protesta por las situaciones sociales y forma también de resistencia
cultural. En el caso de nuestro calypso limonense la resistencia cultural también tiene que ver con la preservación de la lengua del inglés criollo, que es la lengua con que llegan los inmigrantes
antillanos el siglo XIX, es una forma de defender su cultura. Se sabe que un pueblo que pierde su lengua originaria se vuelve más vulnerable y se empieza a desdibujar como unidad cultural”,
agrega.

En esa línea, para preservarlo apuesta por “la difusión, ojalá las emisoras de radio tocaran calypso y dejaran espacio a la música nacional en vez de saturarla de música importada”. También cree
valioso el apoyo tanto del público como de las autoridades a los músicos componer calypso, aunque lamenta que no exista un apoyo concreto gubernamental para fomentar su desarrollo. De todas formas, valora que el gobierno costarricense lo haya decretado patrimonio cultural y que se haya declarado el 7 de mayo como Día Nacional del Calypso, instancias que “han ayudado a visibilizarlo un poco más a la población no afro limonense”.

Por su parte, Morales aboga por “abrir espacios para que los jóvenes interesados por el calypso, compartan con calypsonians” para que puedan interiorizarse en el estilo. “A pesar de ser una música alegre, lleva en sus entrañas muchos siglos de marginalidad, y muchos relatos de cosas que
han pasado”, indica.

“No es cualquier música, tiene mucho contexto, tal vez por eso sigue viva a pesar del desinterés y de los intentos que ha habido de folclorizarla. También hay que permitirle que evolucione. Si uno
escucha las grabaciones más antiguas de calypso costarricense, que son de 1960, rápidamente nota que no se parece en nada al calypso “tradicional” que se interpreta hoy, y eso es porque es
cultura viva, que ha evolucionado”, cierra Morales.

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